Comunicación política: ¿Nos hemos vuelto inmunes a la propaganda electoral?

Algo cambia en el discurso político cuando se acercan las elecciones: de pronto el futuro promete ser mucho mejor, el fruto de los sacrificios comienza a materializarse en augurios de bonanza, se aprueban o se prometen medidas que suponen verdaderos ‘caramelos electorales’ para los ciudadanos, y hasta el aire y el cielo parecen envueltos en una nebulosa rosa de camino hacia el país de las maravillas. Eso es, al menos, lo que intentan transmitir los partidos políticos. La pregunta es: ¿Siguen funcionando las tácticas que emplean para vendernos su paraíso particular?

icho de otro modo, nos preguntamos si las técnicas de comunicación política que se vienen utilizando desde hace décadas necesitan renovarse porque han dejado de ser efectivas. Y la respuesta es un rotundo ‘sí’.

Rajoy-plasma

Lo cierto es que, cuando se analiza el discurso de la opinión pública, es fácil concluir que el clima general es de incredulidad: se sabe que muchas medidas encierran ‘letra pequeña’, no se confía en el discurso político y se identifican sus huecos o vacíos, las campañas electorales tienen ese punto casposo (esa música, esos filtros dulcificantes, esos contrapicados…) y los debates en las Cortes se han convertido en un circo donde no existe diálogo ni comunicación. Todo eso se nota, y mucho, y provoca un rechazo generalizado hacia todo lo relacionado con la política 'clásica'.  El auge de formaciones como Podemos -se esté o no de acuerdo con su ideario- lo demuestran, y obligan al resto de partidos a mirarse el ombligo y replantearse su estrategia comunicativa.

¿Cuál será la respuesta? Qui lo ça! De momento, aquí os dejamos las tendencias que, creemos, marcarán el futuro de la comunicación política:

1. Información al ciudadano vs. Diálogo con el ciudadano

Se podría decir que, en comunicación política, muchas veces no hay comunicación: el flujo de información es unidireccional, vertical, de políticos a ciudadanos y con muy pocas posibilidades de interacción en sentido ascendente. En definitiva, no hay diálogo ni escucha entre las dos partes.

Es cierto que las campañas electorales se basan en estudios que recogen qué preocupa más a la opinión pública, y que desde ahí se diseñan las propuestas de cada partido que se ‘bombardean’ luego durante la campaña electoral. Pero los votantes quieren más: quieren participar directamente en la toma de decisiones, contar con información transparente que puedan analizar y valorar por sí mismos, y poder aleccionar al legislador sobre lo que realmente es importante.

También se exige diálogo dentro de los propios partidos: la opinión pública percibe estas estructuras como opacas, jerarquizadas y casi ‘militares’, donde la disciplina de voto y de criterio castran el ascenso de cualquier idea que se salga del esquema. Se produce la paradoja de que los partidos de la democracia no funcionan internamente de forma democrática. Los partidos del futuro deberán abrirse y permitir el diálogo entre sus integrantes, por muy abajo que se encuentren en la escala de poder.

2. Sin social media no eres nadie…

Esto tiene mucho que ver con el punto anterior. Las redes sociales han modificado para siempre la forma en que nos comunicamos, acercando a personas de condiciones muy distintas pero con afinidades y preocupaciones similares y permitiéndoles crear comunidades virtuales que luego se ‘materializan’ a través de manifestaciones, estructuras organizadas, etc. El 15-M es un clarísimo ejemplo de ello.

Además, se abre un canal de comunicación directo con cualquiera. Repetimos: con cualquiera. Puedo escribir un tuit al presidente del Gobierno o denunciar en la página de Facebook de mi Ayuntamiento una situación que merece ser atendida. Como consecuencia, el político ya no puede (desde luego, no debe) permanecer aislado de la realidad que le rodea.

El resultado es que la democracia directa o, como mínimo, la participación y el control de los ciudadanos en la democracia indirecta, es hoy un poco más factible. Eso sí, aún estamos en fase alpha: falta crear y perfeccionar nuevos canales de comunicación directa con los ciudadanos que no obliguen al político de turno a pasarse el día pegado a Twitter.

3. …y los medios de comunicación tradicionales se desinflan

Algo normal cuando Internet nos ofrece la posibilidad de interactuar con los actores del panorama político. El famoso caso de las declaraciones del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a través de una pantalla colocada en una sala de prensa (también Rubalcaba se ha apuntado a esa moda), se ha convertido en el paradigma de ese flujo unidireccional de información que ya no es válido y que es censurado de forma casi unánime por la opinión pública.

Los ciudadanos asocian cada vez más a la prensa y los medios tradicionales con cierta falta de libertad y un posicionamiento político que les convierte en parciales. Es decir, en fuentes de información contaminadas. Frente a ello, Internet es libertad: la información de calidad se busca ahora en la red, y no en la televisión o en los periódicos.

El resultado es que el mensaje ya no es controlable, por mucha pantalla de plasma que se instale. Un bloguero de prestigio puede ser más relevante como líder de opinión que un medio tradicional.

4. La cercanía inundará el discurso político

Esto es fácilmente identificable por cualquiera. De pronto comienza a ascender ‘sangre nueva’ en la directiva de los partidos políticos, se humaniza el discurso y se habla de los problemas de todos, de la calle, de tu vecina del quinto… Es posible que el trasfondo sea el mismo y que sigan sin proponerse medidas que solucionen los problemas ‘reales’, pero los partidos tradicionales comienzan a entender que tienen que ‘bajar de las alturas’, al menos formalmente, si quieren seguir siendo una opción.

Eso sí, ello pasa -o debería pasar- por atender de forma real a las preocupaciones de los ciudadanos, que hoy en día tienen mucho que ver con garantizar los derechos básicos de cualquier persona: un trabajo digno, una vivienda, poder llegar a fin de mes sin que los impuestos se coman tu sueldo… Nada pretencioso, a decir verdad. La opinión pública tiene cada vez más claro que la política tradicional les ha dejado de lado incluso en lo más esencial, y desconfía -mucho- de ella. Queda un largo camino por recorrer hasta lograr cambiar esta tendencia.

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